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Cartas

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Papá compró un mazo de cartas, venían empacadas en una preciosa caja de cartón. Encontré el mazo de cartas sobre el librero, víctima de la curiosidad las tomé. En la escuela —durante el receso—, saqué las cartas para mostrarlas a Tere y Azu. Traté de enseñarles a jugar burro castigado, pero las dos son unas cabezas huecas. Azu hizo un truco de magia, pidió que escogiera una carta, lo hice: cuatro de copas. Revolvió mi carta con el resto: —Sopla. Soplé y miré incrédula los pases mágicos que hacía con los dedos. Me devolvió las cartas y las revisé; ¡mi carta había desaparecido! No tenía idea de cómo lo había hecho. —¡Es magia titina! —dijo con su risita burlona. Exigí la devolución de la carta, dijo que no sabía hacer el truco a la inversa, se encogió de hombros y se marchó. Lloré hasta que terminó el receso, mientras Tere trataba de consolarme. En casa, aguardaba el regreso de papá. Mamá me llamó para bajar a saludarlo cuando regresó de la oficina; había pensado una histo...

Náufrago

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Sabía que moriría, su cuerpo se hundió en el fondo del mar y el ahogado comenzó a extrañar el sol, las mujeres y el vino estival. Sergio F. S. Sixtos

Balas

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Amadís el Pelirrojo era considerado el mejor gatillero de Pablo Escobar durante la década de los ochenta. Era memorable observarlo en su motoneta circular por las calles de Medellín y como un ave de presa dirigirse a la víctima indicada y ¡pam! Una bala en medio de los ojos. Los curiosos describían excitados la precisión de la bala, el cadáver con la expresión de azoro congelada en el rostro y el hilito de sangre brotando entre los ojos. La puntería de Amadís el Pelirrojo era legendaria. Acaparó el mercado de los sicarios y al mismo tiempo lo devaluó, llegó a matar por el precio de una botella de ron. Amadís era el favorito del patrón: fiscales, políticos, rivales en el negocio, todos pasaron por su pistola M15. En esos días publicaron un artículo en El Colombiano, sobre la precisión matemática en los disparos del joven sicario (el periodista conocía la identidad de Amadís, pero no la revelaba por miedo a represalias). Amadís gozaba de la fama y el terror que inspiraba. En ese enton...

En el claro de la luna

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Un rayo de luz se coló por la ventana. La niña despertó sobresaltada, había tenido una pesadilla, una visión fantasmagórica. La niña se arropó en la cama y cerró los ojos, contó borregos, más no volvió a conciliar el sueño. Un ruido en el patio la alertó. El claro de la luna iluminaba una figura menuda y desnuda; que se mecía en el columpio. La piel de la criatura era traslúcida al fulgor de la luna. La niña se cubrió con la bata y calzó las pantuflas. Salió de la recámara y se dirigió al patio. Llegó de puntillas al columpio y la raquítica figura la miró por un largo rato. —Tengo miedo de ti —dijo la niña. —¿Por qué habrías de temer? —preguntó el demonio necrófago sonriendo. Sergio F. S. Sixtos Arte de Hornedquad.

Día de pesca

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       La playa marciana era barrida por campos magnéticos de olas de herrumbre y sal; al ocaso los peces metálicos comían insectos mecánicos. Las turbulencias magnéticas se estremecían ante los embates de los peces en pos de las presas y una niña marciana en la orilla, miraba emocionada la lucha marina. Era el primer día de pesca de Az-U y llevaba consigo una rudimentaria caña de pescar —un regalo de papá—, equipada con un sedal de luz. Lanzó lejos al primer intento la carnada y atrajo a los peces por vibraciones de baja frecuencia, un enorme pez de cristal se tragó de un bocado la carnada y con un chispazo el sedal se encogió y arrojó al enorme pez de cristal contra Az-U; el impacto la derribó y el pez de cristal se hizo pedazos. Az-U miró cada uno de los fragmentos del pez esparcidos a su alrededor y comenzó a llorar. Una voz la llamó, era papá, se enjuagó las lágrimas y recogió todos los aparejos de pesca, dio un último vistazo a los fragmentos del pez y corrió...

Hambre

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Comenzó a devorar los dedos, brazos y piernas. Masticó con deleite su propio rostro y al final los dientes provocaron un problema. Sergio F. S. Sixtos Arte de Francis Bacon.

Enseres

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    El microondas golpeaba al tostador y la licuadora intervino en la pelea —sentí miedo y salí corriendo de la cocina—, en la sala la lámpara de pie arremetía contra el tocadiscos que en ese instante reproducía un disco de jazz; entonces la pianola —cual rinoceronte enfurecido— se abalanzó sobre mí, la esquivé de milagro y se estrelló contra el ventanal cayendo hacía la calle. Es todo lo que tengo que decir, señor Juez. Sergio F. S. Sixtos