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Piélago

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   El tentáculo del kraken se enredó en el trinquete y el poderoso apéndice lo partió en dos, las velas cayeron sobre la humanidad de Sancho Panza que a toda prisa se deshizo de los aparejos, boqueaba en busca de aire ante el temor de caer al agua. Por un instante el escudero observó a don Quijote saltar cual rata escuálida sobre la extremidad del coloso y emprenderla a puñaladas. El manchego cerró los ojos y deseó vivir un día más y si tal gracia era concedida, hacer suficiente penitencia la cual sería impuesta por el primer religioso con el que se encontrase, una vez abandonado aquel maldito Bergantín de nombre azucarado: La Dulcinea; pero de funestas venturas para un humilde campesino, que del mar solo conocía los manjares y la mente golosa y traicionera se proyectó hacia un potaje de judías con pescado de Fontanosas o unas migas con asaduras de San Benito. “¡Maldita la hora ya por fenecer y solo la barriga razona!”, pensó Sancho Panza y con la boca abierta vio a don Alons...

Año Cero

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Fuerte entró corriendo a la cueva, venía excitado: aullando y golpeándose la cabeza. Curioso lo miró alarmado y saltó hacia un lado, sabía que no era prudente atravesarse con Fuerte cuando se comportaba de esa forma, de un manotazo podría partirle los dientes. Se ocultó detrás de un montón de pieles, las mujeres comenzaron a chillar y huyeron. Fuerte frenó la loca carrera, Curioso siguió la mirada de Fuerte que se dirigía al umbral de la cueva. Curioso esperó ver a un león o a hienas asesinas, pero en su lugar había un hombre de cuerpo delgado y andar grácil. ¿A eso le temía Fuerte?, se preguntó Curioso. El hombre emitió algunos sonidos y después entró lo que parecía una mujer de cuerpo menudo, no vestían pieles de animales, parecían pieles hechas con flores. Hablaron, articulando sonidos que él entendía, como si su pensamiento estuviera en armonía con el de los intrusos.  No tengas miedo, no somos una tribu enemiga, no necesitamos tu territorio de caza, tus mujeres o perten...