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El Tercer Reich en América

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Juan Hassel nació en Montevideo Uruguay, desde joven albergó nostalgia por la patria de los abuelos paternos. Al estallar la Segunda Guerra Mundial atendió el llamado de la sangre: Volksdeutsche . Se alistó en el 5° Regimiento Panzer gracias a sus habilidades como mecánico. Durante el sitio de Tobruk perdió un ojo y fue tomado como prisionero por los británicos. Logró escapar junto con otros dos compañeros internándose en el desierto Libio. La travesía entre tormentas de arena durante el día y gélidas noches cobró la vida de uno de sus camaradas. Según el reloj de Juan (regalo de infancia del abuelo) habían transcurrido tres días con sus noches de jornada, comieron alguna serpiente que cazaron y la ración de agua de las cantimploras estaba por agotarse. A la distancia divisaron un cumulo de piedras y oculta entre ellas había una cueva. Permanecieron escondidos perdiendo la noción del tiempo (la fina arenilla del desierto terminó por estropear el reloj). Juan comenzó a escuchar voc...

El haiku

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Una tarde, nos reunimos Ulises Luna, Pepe Daconte y yo en el Café Ik de la calle Independencia. El aroma a café tostado y el chocar de tazas de las mesas vecinas, incitaron a Daconte a contar una de sus historias de detectives —tenía dos años retirado y aún no lo abandonaba la nostalgia—, sin dejar de garabatear en su libreta caricaturas   de las personas que ocupaban las mesas aledañas dijo: —Voy a contarles algo que sucedió hace años, llega la idea, ya que no puedo quitar la vista de la portada del libro que lee la joven a la que estoy retratando. Miré el dibujo, no era malo, pero a veces Daconte exageraba con sus pretensiones artísticas. El libro de la joven era una antología de haikus clásicos japoneses: Issa, Buson, Shiki y otros. —El 26 de septiembre de hace cuatro años —comenzó Daconte—, recibí una llamada urgente de mi jefe, habían asesinado en su departamento a la prestigiosa poetisa Xóchitl Guadarrama, tal vez recuerden el caso, la prensa amarillista hizo un escánd...

Balas

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Amadís el Pelirrojo era considerado el mejor gatillero de Pablo Escobar durante la década de los ochenta. Era memorable observarlo en su motoneta circular por las calles de Medellín y como un ave de presa dirigirse a la víctima indicada y ¡pam! Una bala en medio de los ojos. Los curiosos describían excitados la precisión de la bala, el cadáver con la expresión de azoro congelada en el rostro y el hilito de sangre brotando entre los ojos. La puntería de Amadís el Pelirrojo era legendaria. Acaparó el mercado de los sicarios y al mismo tiempo lo devaluó, llegó a matar por el precio de una botella de ron. Amadís era el favorito del patrón: fiscales, políticos, rivales en el negocio, todos pasaron por su pistola M15. En esos días publicaron un artículo en El Colombiano, sobre la precisión matemática en los disparos del joven sicario (el periodista conocía la identidad de Amadís, pero no la revelaba por miedo a represalias). Amadís gozaba de la fama y el terror que inspiraba. En ese enton...

El hombre que soñó

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Había una vez un hombre que soñó con un tesoro oculto en la profundidad del bosque; al ser hombre de fe, emprendió la búsqueda del tesoro y lo encontró; adquirió lujos y bienestar. Una noche, el hombre soñó con abandonar todos los bienes y buscar la felicidad; hombre de fe, regaló todas sus posesiones y abandonó el hogar; recorrió mares y montañas, descubrió pueblos y culturas, y llegó a ser pleno y feliz. En la noche de estío, el hombre volvió a soñar, con una una voz, y ésta decía: «Vive otra vida, vive eremita». Al día siguiente, el hombre se sentó al pie de una colina, cerró los ojos y su mente viajó. Se sucedieron días y estaciones, su corazón dejó de latir y no volvió a respirar. La piel del hombre se endureció y formó una corteza, los brazos se transformaron en ramas y sus pies en raíces. El árbol creció y en él anidaron ardillas y gorriones, y un bosque se asentó a su alrededor. Una cálida noche de abril, el árbol volvió a soñar.

Palabráfago

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Era un animal literario y se alimentaba de palabras; acechaba entre matorrales y en el momento propicio saltaba sobre la víctima, despedazándola. Era un palabráfago consumado, el mejor de su tipo. Las palabras pequeñas, en un principio lo saciaban, pero a medida que crecía, el hambre también lo hacía. Buscaba frases completas, con adverbios y adjetivos incluidos; se lanzaba a la carrera y en menos de un suspiro, daba alcance a la frase y la deshacía a dentelladas.  El animal literario creció y pronto las frases, dejaron de ser las presas favoritas. Comenzó a observar los cuentos y cuando probó el primero, no pudo parar, ya no hacía distinción entre la longitud del cuento, ni el género al que pertenecía; más su presa favorita, fue siempre el cuento de fantasía. Una tarde, escuchó un sonido monumental, se acercó con cautela y ante él, se encontró con la novela. Era una bestia gigantesca, de más de mil páginas, la siguió durante días, esperando el momento adecuado para atacar...