sábado, 14 de enero de 2017

Piélago

   El tentáculo del kraken se enredó en el trinquete y el poderoso apéndice lo partió en dos, las velas cayeron sobre la humanidad de Sancho Panza que a toda prisa se deshizo de los aparejos, boqueaba en busca de aire ante el temor de caer al agua. Por un instante el escudero observó a don Quijote saltar cual rata escuálida sobre la extremidad del coloso y emprenderla a puñaladas. El manchego cerró los ojos y deseó vivir un día más y si tal gracia era concedida, hacer suficiente penitencia la cual sería impuesta por el primer religioso con el que se encontrase, una vez abandonado aquel maldito Bergantín de nombre azucarado: La Dulcinea; pero de funestas venturas para un humilde campesino, que del mar solo conocía los manjares y la mente golosa y traicionera se proyectó hacia un potaje de judías con pescado de Fontanosas o unas migas con asaduras de San Benito. “¡Maldita la hora ya por fenecer y solo la barriga razona!”, pensó Sancho Panza y con la boca abierta vio a don Alonso Quijano o don Quijote ─la mollera del escudero ya no sabía a quién servía─, rematar al gigantesco molusco con una espada oxidada. 

Sergio F. S. Sixtos




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