lunes, 17 de junio de 2019

El rey cauto



Si lo permite Gran Visir, es mi deber decir lo que los ojos vieron en el pueblo bárbaro de Cimmeria, aunque solo Allah el Único y Clemente dispondrá las palabras adecuadas en mi lengua. Ya lo dijo el poeta:
Hay una flama que arde en tu nombre
Y enciende galaxias con filamentos
De piedra y verbo.
            El viaje fue aterrador, la embarcación no fue pasto de los peces gracias a la fuerza de nuestras oraciones al Misericordioso, atravesamos el estuario repleto de bestias marinas nunca antes vistas por este humilde ciervo y nos dirigimos río arriba hasta las rústicas puertas del remoto reino. El rey bárbaro nos recibió escéptico, la curiosidad del monarca fue atraída por nuestros instrumentos de navegación y la ciencia matemática implicada en ellos. Aunque ya es un anciano, aún muestra la sabiduría y el vigor físico que le permitió reunir a las tribus que habitan aquellos bosques oscuros. Conan es un soberano desconfiado y así lo demostró, exigió el peso en oro de su caballo como tributo, realicé algunos cálculos entorno a la alzada del animal: el diezmo sería de veinte quintales en oro. Los bárbaros no tenían ningún instrumento de medición para las masas, así que reajusté los cálculos y le demostré al monarca que el animal solo alcanzaría la suma de diez quintales en oro. El rey me miró furioso y sin mediar palabra llevó en vilo al caballo a una nave, subió al animal, desenvainó la espada e hizo una marca en la línea de flotación en el casco de la embarcación. Comprendí lo que estaba haciendo, me arrodillé y pedí perdón por mi torpeza con los números. El rey bárbaro ordenó que vaciáramos los veinte quintales de oro en el navío y el agua alcanzó la marca que había hecho el cimmerio con la espada. Conan me miró y dijo que ya no estaba interesado en el oro como tributo, ahora él deseaba un pago más modesto y arrancó mis ojos.

Sergio F. S. Sixtos





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